jueves, 4 de febrero de 2010

Con los oídos "peta-zeta"


Hoy me he dado cuenta de que estoy viviendo en una ciudad de la que apenas conozco nada y eso, a la vez que parecerme muy triste, me ha hecho reflexionar. Llevo desde septiembre viviendo en Zwolle, viendo sus tiendas, recorriendo sus calles, disfrutando en sus bares... Pero no observo ni me empapo del encanto que tiene esta ciudad holandesa; ¡ni si quiera he apreciado su valor cultural e histórico!
Por lo cual, he vuelto a pensar que soy una desgraciada, porque seguramente lo que me está pasando con Zwolle, me haya pasado con Madrid, mi ciudad amada...

La cuestión es, que después de muchos días recluida en mi mini-loft de diez metros cuadrados, hoy he tenido el primer contacto con el mundo tras mi "aislamiento tóxico-vírico" (menuda gracia me hizo la fiebre, las anginas y sus derivados). Hoy sentí la luz del sol, bastante escasa en Holanda, en mi ojerosa cara. ¡Eso sí que es un placer!

Con la excusa de ir al "Super DeBoer" me enhebré a mi amiga Marina, y las dos en plan Señoras que quedan para ir a andar, comenzamos la tarde. La intención inicial se truncó al llegar a la puerta del supermercado; "¿Y si vamos a la tienda del final de la calle? Es que me han dicho que está al 50%". Y de la tienda, seguimos al bazar del A un euro, y del bazar a la de los sujetadores bonitos... En fin, que llegamos a una de las iglesias de Zwolle y como no había nada mejor que hacer, entramos. ¿Por qué llevo casi cinco meses en este lugar y nunca he tenido la decencia de entrar aquí? La pregunta era obvia, cuando descubrimos lo que guardaba la inmensa construcción. Cómo será de impresionante que hasta mi amiga, agnóstica hasta la médula, se haya planteado ir a alguna de sus celebraciones.

No siendo suficiente, continuamos el paseo hasta el casco antiguo. El canal que lo rodea, junto a las praderitas, las casas en las orillas, las barcazas convertidas en hogares... todo, te hace pensar que Zwolle es más bien un pueblito de cuento, que una ciudad para universitarios. Añadiendo el factor nieve, sólo queda decir que era idílico.

Llegamos hasta el centro porque en uno de sus estrechitos edificios, justo al lado de una tienda minimalista que nos tiene enamoradas, hay una cafetería con los mejores capuccinos de todo Zwolle. Esa cafetería es sencillamente un pedacito de cielo con conexión a Internet, muffins recién hechos y un ambiente acogedor que inspira a cualquiera. Es por eso por lo que nos gusta ir allí. Aparte, tiene un encanto especial que hace aflorar las conversaciones más sinceras, los sentimientos más profundos; pasan las horas que rellenamos de lágrimas, risas, bromas, confesiones... Es un desahogo entre magdalenas.

Cuando ya empezaba a anochecer, cerca de las seis de la tarde, emprendimos el camino de vuelta. No sabíamos por qué, pero se nos había quedado el alma limpia, muy buen cuerpo, teníamos ganas de hablar con todos aquellos a los que echábamos de menos. Estábamos muy contentas.

Pasamos nuevamente por la puerta del supermercado, por eso de no volver con las manos vacías, y llegamos a la residencia después de haber pasado cuatro horas maravillosas perdidas en Zwolle. Los oídos me hacían "peta-zeta", porque es cierto que aunque hubiera sol, hacía frío, y yo llevaba sin salir muchos días.
Ahora, aunque los oídos todavía me hagan esos extraños ruiditos al tragar, me sigo regodeando de mi placentera tarde soleada. Merece la pena un poco de "peta-zeta" por cosas así.