sábado, 30 de abril de 2011

Para que se lo coman los gusanos, ¡que lo disfruten los humanos!

Este relato fue escrito para un concurso de mi universidad, pero como no ganó, he decidido colgarlo para que mis queridos lectores lo disfruten.
Su título es TODO y no está basado en experiencias personales, para los más cotillas. Su extensión real es de diez folios y sólo me queda deciros que espero que os guste.


TODO


Martes, 10 de marzo

Ya son las cuatro y cuarto. Debe estar apunto de terminar.

De un impulso, ruedo con mi silla hacia el perchero donde tengo la cazadora, me la pongo, cojo el paquete de tabaco de la mesa y salgo de mi zulo de trabajo dejando el Avid abierto.

En la puerta del estudio enciendo el último cigarro que me queda. Está lloviznando, es un día gris, sin embargo estoy más que acostumbrado a este tipo de clima. Entre calada y calada, localizo uno de los auriculares de mi iPod; al colocármelo me doy cuenta de que está encendido. Suenan los Red Hot Chili Peppers. Adopto una pose chulesca apoyándome en el muro mientras espero, y sigo el ritmo de la música con el pie izquierdo.

El cigarro está en las últimas; según mis cálculos, la gente saldrá en unos segundos. Así es. Las puertas de la planta baja comienzan a abrirse, y grupos de estudiantes abandonan el edificio sin prisa. Yo espero paciente, buscando entre la multitud. Saludo a caras conocidas que me dedican un “Ey, qué pasa tío”, y miro ansioso hacia la escalera por donde sé que tiene que bajar.

Han pasado cinco minutos, apenas debe quedar nadie por las aulas. He visto irse a la gente de su clase, pero me ha parecido imprudente preguntar. Casi tengo perdida toda esperanza, cuando la veo aparecer tras la puerta de cristal. Viene como siempre cargada con muchos bártulos: carpetas, bolsos, llaves en una mano, paraguas y móvil en otra… No sé cómo lo hace para conseguir no perder nunca nada por el camino.

— Hola me saluda con una pícara sonrisa Qué raro tú fumando por aquí.

— Ya ves, el trabajo de becario, que tiene muchos privilegios.

— Y las ganas que tenías de verme, por eso me esperas…

Tengo que reconocer que tiene una habilidad especial para dejarme en evidencia, pero es que en el fondo tiene razón, y lo que es peor, ella lo sabe.

— Bueno, ¿cómo te va la semana? ¿mucho trabajo?— Na´, lo normal le respondo con dejadez tengo algunos vídeos que montar, pero vivo deseando que llegue el viernes. ¿Tú?

— ¿Yo? Igual que siempre...

Tras su última frase se produce un silencio incómodo que augura el fin de la conversación, pero yo no quiero que se marche todavía, y a ella, la situación parece divertirle. Es entonces cuando saca la artillería pesada y pregunta con descaro:

— Oye, ¿y qué tal te fue el fin de semana pasado? ¿encontraste planes?

Sus palabras entran en mis oídos y me apuñalan el estómago. Quizás es lo que más me gusta de ella: ese aire pío, dulzón y casi aniñado que nada tiene que ver con su otro “yo”. Mientras espera una respuesta y me mira con ojitos de cordero degollado, esboza una sonrisa casi maliciosa y yo no puedo evitar retroceder en mi mente al sábado anterior…

Sábado, 7 de marzo

Llevo todo el día pensando en ese mensaje: “A las 22.00 estoy en tu casa”. No sé si es un error o un acierto, pero sé que sólo hay una oportunidad. Estoy solo. Hay algo que nos une desde hace tiempo y que nos va a llevar a cometer una locura. Me da igual y a la vez, me muerde la conciencia.

Ya duchado, me dispongo a elegir atuendo. ¿Desde cuando me como yo tanto la cabeza por la ropa? Parece que sí, que estoy nervioso de cojones. Finalmente vaqueros y camiseta normalucha, no creo que quiera ir a la calle a tomar algo.

Suena el telefonillo. ¿Una chica puntual? Descuelgo, no respondo, abro directamente. Ella, desde la calle, tampoco dirige su mirada a la videocámara. Cuento dos minutos, los que tarda en llegar el ascensor; toca al timbre de mi casa.

Buenas me dice mirándome a los ojos.

— Qué rápida eres bromeo mientras la invito a pasar.

Cierra la puerta tras de sí y se queda en el descansillo. No dice nada, simplemente sonríe. Me acerco a ella. Los dos esperamos algo desde hace mucho tiempo. Me aproximo un poco más y la beso con delicadeza. Por fin siento sus labios sobre los míos y acaricio su cuerpo sin importarme nada más. No paro de besarla, por todo el pasillo que conduce al salón, nos vamos calentando. La cojo en brazos y ella me muerde el cuello. Hemos perdido la cabeza; esto no tiene vuelta atrás. Las paredes van amortiguando nuestros movimientos, y así, llegamos hasta el sofá. Tras intensos minutos, ella trata de recuperar la compostura y el aliento.

Eres muy mal anfitrión. No te has dignado a ofrecerme nada de beber comenta entre risas.

Pues dime qué quieres, que aquí sobra la confianza.

Te pediría Moët, pero tampoco nos vamos a poner exigentes… se ha dado cuenta de lo modesto que puede llegar a ser un piso de estudiantesNo sé, ¿qué me ofreces?

Mientras voy a la cocina en busca de restos del último botellón en casa, ella coge mi portátil y por lo que intuyo, busca canciones en Youtube.

Tengo media botella de WhiteLabel, tres cuartos de un ron pegajoso y un culín de orujo de hierbas le grito desde la otra habitación.

Tráete lo que mejor pinta tenga. ¡Ah! Y dos vasos, que vete tú a saber quién bebió a morro de ahí.

Salgo de la cocina con el orujo en una mano y dos vasos de chupito en la otra.

Es lo único que no necesita mezclarse… le digo encogiéndome de hombros.

Y lo que más emborracha en menores cantidades.

Me ha vuelto a pillar; se las sabe todas. Es una tía distinta, me gusta porque es capaz de sorprenderme, y siempre de forma grata. He visto que ha accedido a su cuenta privada y que tiene seleccionada una lista de reproducción. Ella se da cuenta de que la observo y me dice:

Me parecía interesante tener algo de fondo mientras hablamos.

No me has pedido permiso para coger el ordenador, pero te perdono respondo con tono condescendiente y haciéndome la víctima. Coloco los vasos de chupito y la botella sobre la mesita del salón.

Quizás me tomé muy al pie de la letra eso de “aquí sobra la confianza” lo último lo dice con voz ñoña, queriéndome imitar. De seguido coge la botella y llena los vasos. Yo tomo asiento a su lado.

Por los fines de semana en que los amigos nos abandonan dice alzando el vasito al aire.

Por los sueldos míseros de becario, que impiden a estudiantes sin recursos hacer viajes con amigos forrados.

Eres un exagerado… Ni cobras tan poco, ni tus amigos están tan forrados.

No, claro… En realidad he preferido quedarme en Madrid porque sabía que te tendría sola para mí este fin de semana.

Por un momento, me planteo hasta qué punto lo que acabo de decir es cierto. Ingiero el orujo que arde por mi garganta, y pienso el tiempo que hace que ella me gusta. Tanto tonteo, tantas conversaciones absurdas, tantos cigarros fumados sólo por verla pasar…

Cuando me quiero dar cuenta, ella ha servido de nuevo. Esta vez nos lo bebemos sin decir nada. Un tercer chupito baña la noche.

Aquí, ¿quién quiere emborrachar a quién? pregunto con malicia.

Yo a ti, está claro. Si dependo de tu iniciativa, todo iría mucho más despacio.

Su comentario me hace gracia, sobre todo por lo rotundo que suena. La beso de nuevo en la boca. Un beso corto, otro más largo. Acabo por tumbarla en el sofá.

Espera un momento me dice levantándose que al final no puse banda sonora a la noche…

Se acerca al portátil y pulsa el play. Los primeros acordes no me suenan, pero cuando comienza la letra, la voz del cantante me lo descubre: “Estaba pensando en escribirte una canción y no me sale...”; está claro, es Pereza. Extrañamente, siento como si las intenciones de Leiva fueran las mismas que las mías. Me encantaría hacer algo sólo para ella, pero no sé por qué, no puedo. Empiezo a delirar.

Viene contoneándose hacia mí, al ritmo de la canción. Coge la botella de orujo con la mano derecha y bebe un trago a morro; adiós a las formas de señorita. La miro divertido tumbado en el sofá. Vuelve a beber, pero esta vez, prefiere que el alcohol acabe en mi estómago. Con un sutil beso me envenena y la verdad es que me gusta. Seguimos mezclando alcohol y besos, besos y alcohol. Me quito la camiseta, tengo calor, pero ella sólo ha llegado a descalzarse.

¿No tienes un lugar un poco más cómodo? me pregunta tímidamente.

Tengo un metro y medio de viscolástica en mi habitación, si quieres…

No duda un segundo. Se levanta con algo de dificultad del sofá y deja la botella, ya vacía, encima de la mesa. El portátil, que no ha dejado de sonar en todo el rato, viene con nosotros. Ella camina casi de puntillas, delante de mí. Yo la guío hacia mi habitación cogiéndola por la cintura.

Ya dentro, y mientras busca un lugar apropiado para poner el ordenador, yo trato de enchufar una lamparita de mesa de Ikea, por aquello de crear ambiente. A continuación me acomodo en la cama y espero a que ella venga conmigo. Está hurgando en la web, como si buscara algo. Yo la contemplo desde mi posición, con los brazos por detrás de la cabeza. Tiene un culo espectacular, o al menos yo me lo imagino así. Viste una falda vaquera, una camiseta clara y, aunque se haya descalzado, llevaba unas bailarinas de piel.

Vuelvo de mi ensimismamiento cuando se da la vuelta.

¿Estás preparado? me pregunta levantando una ceja.

¿Preparado para qué?

Casi no he terminado de hablar cuando comienza a sonar la canción que creo que no olvidaré el la vida. Sus caderas se balancean lentamente al compás del piano, mientras sube los brazos y los baja tocando su cuerpo. “Vuela, vuela, vuela conmigo. Cuélate dentro, dime chico. Dame calor, sácame brillo. Hazme el amor en nuestro nido”. Pereza nuevamente. ¿Qué tendrá con ese grupo? Sinceramente eso ahora me da igual. Está bailando para mí. Es lo más increíble que me ha pasado nunca.

Siguiendo el ritmo, comienza a juguetear con la camiseta. La estira, la arruga y se la levanta enseñándome un perfecto ombligo. No para de moverse, es como si la música marcara los latidos de su corazón. Antes de llegar al estribillo ella está desnuda de cintura para arriba; un sencillo sujetador blanco me priva de una visión bastante deseada.

Se agacha sin doblar las rodillas, toca el suelo y vuelve a subir; una sutil forma de provocarme y enseñarme su lencería. Se va desabrochando el botón de la minifalda. Intuyo una braguita blanca a juego con la parte de arriba. Tiene la piel bronceada y brillante, parece de seda.

La falda ha caído y sólo quedan unas medias transparentes que cubren la mitad inferior de su cuerpo. Sentada en el borde de la cama se las quita de forma muy sensual. Estira las piernas levantándolas por encima de la cabeza, haciendo alarde nuevamente de su gran flexibilidad.

Aquí la tengo, a los pies de mi cama, cubierta tan sólo por dos prendas de lycra. No sé si incorporarme e ir a por ella o esperar a que venga junto a mí. Finalmente no me deja margen de actuación y se coloca sentada a horcajadas sobre mi paquete. La canción continúa, y mientras con los pantys, me venda los ojos. Esta situación me excita más que la anterior; la noche está alcanzando límites insospechados.

Sin dejarme contemplar la escena, baja besando mi cuello, mi pecho desnudo y sigue por la línea de mi ombligo. Entre besos, soplidos y algún que otro mordisco, desabrocha los botones de mi Levi´s 501. Creo que voy a reventar de la presión.

No siento ni padezco. En un momento me ha dejado como mi madre me trajo al mundo. Masajea mis piernas y baja hasta mis pies; los besa mientras me separa los dedos. Su cuerpo liso y suave repta por el mío. Me siento tocando el cielo.

Ahora descansa tumbada sobre mi, cuerpo con cuerpo, cara con cara, boca con boca; le doy la vuelta rodando sobre mí mismo. En un segundo he soltado su sujetador y me he desecho de esa braguita de poca tela que tanto le favorecía. No nos hemos dirigido la palabra en todo este tiempo, pero tampoco nos ha hecho falta; es como si supiera lo que piensa a través de las caricias y los besos.

Recorro su cuerpo con mi lengua, dejando piel erizada allá donde paso. Es pura suavidad, huele como a polvo de talco y su respiración es sosegada y excitante. Investigo en todas las cavidades de su cuerpo con mis manos y con mi lengua. Ya sé cuáles son sus puntos débiles.

Terminamos haciéndolo. No sé si llamarlo follar, hacer el amor, echar un polvo… Pasamos gradualmente de lo sutil a lo salvaje. Me sorprende en cada faceta, en cada postura, en cada práctica que llevamos a cabo. Me vuelvo loco. No puedo más. Me corro.

Estamos tumbados boca arriba, intentamos recuperar el aliento. De repente se me ocurre una cosa. Abro el cajón de mi mesilla y cojo un sobre; tiene cojones que sea de la Universidad Antonio de Nebrija, ¿no lo podría guardar en otro sitio? Dentro tengo la pócima en polvo de Obelix. Se lo enseño.

No me queda mucho, pero hay de sobra para los dos.

Gracias, a mí no me apetece. La verdad es que no me va demasiado me dice mirándome con carita de niña bienpero tú haz lo que quieras.

¿Te importa?

En absoluto.

Cojo una pequeña cantidad con la llave y la deposito en un espejito de mano que tengo al alcance. La corto con la tarjeta de estudiante que me mandaban la Nebrija y el Santander; “pa´ lo que hemos quedao´” me digo a mí mismo. Aspiro la solución de un tirón, me ha dado para una raya escasa; y retomo mi dedicación a ella, ahora mucho más pasional gracias al alcaloide. Repetimos una, dos, tres veces más; hasta que no podemos con nuestro cuerpo. En algún momento de la noche, al ordenador se le acaba la batería.

Está amaneciendo, deben ser las seis de la mañana. Me he quedado dormido y ella también. Está hecha un ovillo a mi izquierda, debe ser por el frío de mi habitación. Cojo la manta que se ha quedado a los pies de la cama intentando no despertarla y nos cubro. Los párpados se me cierran; me adormezco.

La luz que entra por la ventana me despierta de nuevo. Abro los ojos poco a poco y miro a mi lado. La cama está vacía, ¿habrá sido todo un sueño? Me incorporo y busco mi calzoncillo por el suelo, nunca me ha gustado ir con el badajo colgando. Camino por la casa hasta que la encuentro en el salón, tumbada en mi sofá totalmente desnuda. Está desayunando un tazón de leche con cereales mientras ve la televisión. No sabe que la estoy mirando. La imagen me resulta adorable.

¿Espiando?

Contemplando me parece un término más exactole corrijo con retintín. Ella cambia de tema.

Espero que no te importe que me haya servido por mi cuenta dice mostrando el tazón Me daba pena despertarte…

¡Nada mujer! Ya te dije que había confianza. De todos modos, si te hubieras esperado, te habría preparado yo algo de comer.

No hace falta,dice mientras se levanta con el resto de su desayuno entre las manosla verdad es que es bastante tarde. Creo que lo mejor será que me vista y que me vaya.

¿Tan pronto?

Sabes que no puedo quedarme, que esto ha sido algo puntual.

Se dirige a la cocina con la caja de cereales y el tazón. A continuación, marcha hacia mi habitación a vestirse. Yo la persigo por la casa, intentando por todos los medios que se quede unas horas más. Por supuesto, de nada valen mis súplicas.

Ya sabes que lo que ha pasado, no puede volver a suceder. Por favor, sé discreto.

Descuida; aquí no eres la única que tendría problemas.

Tras un último beso, abandona el piso. Cierro la puerta con cuidado para no hacer ruido y me aproximo a la ventana del salón, por donde sé que pasará para coger el metro. Cinco minutos de espera son los que me dan su última imagen. Mi lujuria baja las escaleras hacia las entrañas de la tierra.

Martes, 10 de marzo

¿Estás bien?— Me pregunta inclinando la cabeza y levantando una ceja — ¿me vas a contestar?

Por un momento me he quedado abstraído en mis pensamientos, en mi sábado con ella.

Sí, sí… Perdona. Pues, ¿el fin de semana? Ejem… Nada, nada especial… Al final no encontré planes interesantes y estuve descansando— respondo titubeando.

Quedamos en hacer como que nada hubiera pasado, de esta forma olvidaríamos cuanto antes lo ocurrido. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. El hablar con ella de este modo me hacía volver una y otra vez a la noche del pecado.

Así que, descansando… Me parece bien. Yo he hecho más o menos lo mismo…

Sí, se te ve cara de relajada— miento mientras le sigo el rollo.

La conversación prácticamente está acabada. Sé que ella se tiene que ir, yo también y no queda mucho más que hablar.

Lo siento, se me hace tarde…— se excusa mientras hace movimientos señalándome el reloj.

Pues nada, espero verte pronto.

Siempre que te queden cigarros, podrás ponerlos como excusa para verme al final de mis clases— me dice sonriendo.

Se aleja hacia el aparcamiento. Camina de forma rápida pero sensual, moviendo las caderas de lado a dado. Me dedica un último adiós dándose la vuelta y sonriéndome como sólo ella sabe hacerlo. ¿Por qué la chica de mis sueños tiene que ser mi profesora?