sábado, 27 de octubre de 2012

Y echas a volar...

De repente un día amaneces en una cama que no es la tuya, desayunas en una cocina que no es la de siempre y te lavas los dientes en un aseo al que faltan los muñequitos con los que solías bañarte...

Y ese día vuelas del nido. Sales de la protección de las alas de tus padres y te enfrentas a la nevera vacía, a la lavadora sin poner y a la casa llena de pelusas.
Cada uno afronta ese cambio como puede (o como le han preparado), pero siempre surgen detalles para los que no estabas del todo lista.

Presumo, o más bien presumía, de ser una persona independiente y capaz de valerme por mí misma. Tras casi tres meses viviendo fuera de mi hogar familiar, me he dado cuenta de lo vulnerable que resulto y de lo mucho que me afecta la distancia y sobre todo, saber que he emprendido un camino diferente, el que me llevará por mi propio sendero.

Cuando vivía en Holanda, apenas había tiempo para pensar en qué harían mis padres o hermana; mucho menos para acordarme del resto de la familia. Quizás eso se debiera a la temporalidad de ese cambio, el saber que en junio yo volvía a Madrid y lo que pasó en Holanda, en Holanda se quedaba.
Esto cambia sustancialmente cuando la salida se produce para empezar una vida independiente (o en pareja, como es mi caso). La vuelta a casa sólo se produce en cumpleaños y vacaciones, pero tu dormitorio habitual ya no será el que se encuentra a la derecha del de tu hermana, ni el cuarto de baño que compartíais volverá a tener colgado tu albornoz.
Es extraño guardar el número fijo de tu "nueva casa" en el móvil y tener que sustituir el contacto de "Casa " por el nombre de "Papás Casa". Sentí como si restara privilegios a mi familia en función de la vida que me espera.

Por supuesto independizarse tiene también muchísimas cosas buenas y sobre todo, experiencias preciosas por estrenar. Sin embargo, en los días tristones o tontorrones, ¡cuánto se echa de menos tumbarte en la cama con tus padres a contarles cómo te van las cosas y cuáles con tus planes de futuro!

Para mí hoy es un día de esos. Seguramente mañana sea mejor y vuelva a ver el vaso medio lleno. Sin embargo, es inevitable al menos un minuto al día, acordarme de mi nido y sentir una punzadita al saber que me faltan las tres personas a las que más quiero en este mundo.

martes, 21 de febrero de 2012

Papá, mamá, voy a tener un...

¡Trabajo!

Casi les da un soponcio a mis queridos progenitores cuando comencé la frase. Bueno, no nos mintamos, el soponcio darles, les dio. Y es que, en estos tiempos de crisis, ¿quién me iba a decir a mí que iba a tener mi oportunidad?

Tengo que confesar que tiene escasa relación con mi preparación universitaria, vamos, ninguna; pero un trabajo es un trabajo y al coche hay que seguir echándole gasolina (que por cierto, qué cara está).

A lo que vamos, ¡por fin tengo un sueldo fijo cada mes! Como empleada (no becaria), con mi jornadita de 8 horas, mi horita para comer... Señores, ¡que hasta tengo despacho propio!

Pensaréis que es la pera limonera mi oportunidad. En realidad no, pero trato de automotivarme, porque si no, me queda sólo el desconsuelo y la agónica espera hasta que termine el último semestre, del último año, de la última carrera de mi vida (o eso tengo planeado hasta el momento) y pueda cambiar el rumbo de mi historia.
El trabajo no está del todo mal... conoces gente, conoces otros negocios distintos a los que estás acostumbrada (como el de las clases particulares, el de las tiendas de ropa, compañías de danza, el de las barras de bar, el de profesora de ballet, niñera, becaria...), pero sobre todo aprendes a tratar con gente bien distinta a ti. Por supuesto, esto último es para mí lo más dificil, porque ya sabéis que soy una persona natural, clara y como SM el Rey, muy campechana. Vamos, ¡que detesto el peloteo! Así que, no sé yo lo que tardarán en cansarse de mí, o lo más probable, yo de ellos.

Y después, ¿qué? ¡Oh, amiga mía! Dios dirá si sigues viva en junio (también es algo que me digo para evitar hacer planes con demasiada antelación). Supongo que después, cuando sea una señorita doblemente "lisensiada", tendré que hacer un punto y aparte en mi vida; cerrar un capítulo para abrir otro nuevo. Cambiar de país, de ciudad, de trabajo...

No sé, iré pensando el título del nuevo episodio... "Papá, mamá, voy a tener un hijo".
Venga... de momento posponemos éste. Antes tiene que venir el de: "Tengo el trabajo de mis sueños y soy inexplicablemente feliz".

Besucos.

"Aprendiz de ser feliz".