sábado, 4 de diciembre de 2010

La falacia más soñada

Malditas seáis películas de amor.

Puras falacias, mentiras bellacas, argumentos e historias imposibles, personajes inexistentes...

A nadie le pasan esas cosas, no conozco Romeos ni Julietas, ni Loves Stories, ni a nadie que haya tenido Un paseo para recordar. Esas cosas sólo se dan en pantallas de cine, y como mucho en libros. ¡Dejen de engañarnos! No nos digan lo que no es, no nos muestren lo que no existe.

Yo siempre quise algo así. Buscaba en el metro, esperaba en la salida del colegio, deseaba conocer gente nueva... Pero no tuve lo que en las dichosas historias me cuentan.

Esta noche decidí ir al cine. Fui con mi prima Bea, la Santa de Bea. A tres metros sobre el cielo. Es la primera vez que una película supera con creces un libro. No paré un segundo de llorar, aunque de eso tiene parte de culpa mi estado menstrual, que me ablanda demasiado.
Reconozco que siempre me gustaron los chicos como Hache, o Step en el libro. Algo macarrillas, por eso de que tienen su punto. Alguien que consiga desquiciarme y luego volverme loca de amor. Pero claro está, eso sólo existe en libros de Federico Moccia y en la vida de Babi.
Los seres humanos no nos enamoramos en los trenes, ni conocemos a gente maravillosa de formas tan estúpidas.

Me encantaría que fuera así, que fuera sorprendente, que te golpeara el corazón con el puño, que se te anudara el estómago al ver a esa persona. Esa sensación de ser única, de sentirte la última mujer en el mundo para alguien, de ser "la vida" de otra persona.
¿Por qué resulta tan difícil todo?, ¿por qué no es todo tan fácil como en las películas?

¿Cuándo alguien escribirá en una pared por mí?, ¿cuándo me dirán que conmigo están a tres metros sobre el cielo?

domingo, 25 de julio de 2010

Chica Termo-Tupper


Desde que soy becaria explotada por las mañanas y profesora obradora de milagros de tarde, apenas tengo tiempo para desayunar, comer o merendar en condiciones a lo largo del día. Esto quiere decir que, en un tiempo récord, tengo que llegar a casa, preparar sustento alimenticio (de bajo nivel debido a mi pésima calidad culinaria), sacar a los seres que más me quieren en el mundo al parque, comer, lavarme los dientes y correr para coger el autobús a tiempo y llegar a mi puesto de trabajo.

Siendo positiva, como yo suelo ser, esto es una gran ventaja para la lucha contra los kilos de más que en verano siempre aparecen en la báscula. Total, no teniendo tiempo ni de comer, como para emplearlo zampando helados... ¡En fin!
Pero tengo que reconocer que el estrés diario al que estoy sometida, tampoco es bueno... Llega el viernes, el tan anhelado fin de semana, y yo, como buena chica joven... Me quedo en casa para dormir o ver una serie de tv que me tiene enganchadísima. ¡Qué lástima de 21 años!

Por todo ello, me he pasado al club de los Termo-tupper. Sí, todos sabéis quiénes son. Esa parte de la población que viaja con víveres encima para todo el día, como antiguamente hicieran nuestros abuelos y padres para sus interminables viajes a la playa en coche. Esas personas que, además de los maletines, bolsos y mochilas; tienen una especie de fiambrera semirígida que se cuelga al hombro, de colores y estampados diversos, y con alimentos caseros que sustituirán al menú del día de Casa Pepe.

¡Bendito seas San Tupper! Tú, que mantienes los alimentos protegidos en la nevera. Tú, que permites que transporte comida en diferentes estados sin derramarse. Tú, que me ayudas a mantener la línea y a ahorrar dinero. Tú, que me recuerdas a qué sabe la comida casera de mamá.

Y el termo... ¿Qué decir del termo? Porque el café dejó de costar 80 céntimos hace muchos años...
Si cada mañana me ahorro el 1,2o que me cobra el del bar, hacen 6 euros a la semana, 24 al mes, ¡288 al año! Casi 300 euros que puedo gastarme en unas minivacaciones low-cost a cualquier sitio de Europa. Por otro lado, el sabor de mi café caserito, no tienen nada que envidiarle al sabor rancio que tienen muchos cafés de cafetería (y más desde que me compré la Nespresso y sus maravillosas cápsulas).

Por todo ello, me uní a ese selecto grupo. Desayuno en el metro, manzana en mano, termo en otra. Alterno pasando las páginas del libro de turno o escuchando música. Llego a la oficina, y si cuando salgo veo que no voy a llegar al otro trabajo, abro mi tupper e ingiero lo que haya dentro (previamente recalentado por el micro que tenemos en la ofi): tortilla, pasta, puré, pescadito, sándwiches, ensalada... La variedad es tan extensa como te permitan tus habilidades en la cocina.

Cuando salgo del segundo sitio y llego a casa, casi a las 9 y media de la noche, tengo tiempo de prepararme un buen tazón de yogurt natural mezclado con cereales de fibra, para favorecer mis visitas al baño. Una duchita de relax y a la cama, que mañana será otro día.

No tengo demasiado tiempo libre, pero seré la más esbelta, delgada y rica del cementerio cuando esta situación me lleve a la tumba.

jueves, 1 de julio de 2010

Y ahora... 21


Llevo unos días planteándome escribir de nuevo en esta pequeña ventanita por la que me asomo al mundo. Falta de tiempo, estrés, muchas actividades, son las razones por las que no lo he hecho.
Sin embargo hoy, 1 de julio, a las 01:18 de la madrugada, me siento delante de mi Mac, abro mi mente, y tecleo todas las ideas que afloran en mi cabeza.

En este día, bueno, a las 08:30 de la mañana, hace 21 años, vine al mundo. Mi madre siempre dice que yo no quería nacer, y por eso estuvo casi 24 horas hasta que yo decidí sacar mi cabecita. Fui un bebé un poco feo, pero porque "fui un parto sufrido"... Sin embargo, para mi familia, yo era preciosa (en especial para mi abuela, que se coló dentro del paritorio para verme la primera). Mi padre, cuando todavía no tenía ni unas horas de vida, ya me contaba cómo era la familia en la que acababa de nacer: "tu mamá es muy guapa", "tus abuelos te adoran", "tienes un montón de tíos que te van a querer mucho"... ¡Me encanta que me cuente cosas de ese día!

Ahora, con los 21, sigo teniendo esa ilusión cada 1 de julio. Me encanta que mis amigas se peleen por ver quién es la primera que me llama, que mis familia me cante un "cumpleaños feliz" tradicional, el llevar unos pastelillos al sitio donde trabaje, el salir a tomar algo con mi gente... No puedo perder la ilusión en el día que vine al mundo.

Cuando me levante a las 7:30, tendré un día de trabajo "normal", comeré en casa deprisa y corriendo, iré al médico, daré clases particulares a Evita, asistiré a un evento con mi madre de tarde-noche y por supuesto, tomaré algo con quien se apunte de noche (que para dormir, ya tendremos el fin de semana). Será un día como otro cualquiera, pero tendré en mente que hoy, hace ya más de dos décadas, fui para mis padres un regalo; y ellos me dieron otro mucho más grande, algo que nunca les podré devolver: la vida.
Gracias a los dos, sois los mejores padres que se puede tener. El orgullo de mi familia.

viernes, 11 de junio de 2010

Un nuevo capítulo

Como la serie que continúa después de la publicidad, es mi vida post-erasmus. Vuelvo a mi patria querida, a la ciudad que me vio nacer, a la casa donde crecí; pero todo en general sigue igual. Con más o menos crisis, con más o menos obras, pero prácticamente más de lo mismo. No es que me desagrade, mi vida en España siempre me ha gustado, pero me siento un poco fuera de lugar y a la vez, demasiado en mi sitio. Es como si nada de lo que he vivido en Holanda hubiera sido real; como si hubiera estado sumida en un sueño que duró casi un año.


Cambio los maravillosos 15 grados holandeses, por un aplastante calor peninsular; mi mini-loft compartido, por mi casa gigante con habitación y baño propio; las vacas de la granja de enfrente, por mis adoradísimos canes (Sacha y Nikolás)... Vuelvo a lo que tenía antes y marco el cierre del paréntesis al que ha sido posiblemente: el mejor año de mi vida.


Sí, digo el mejor porque ha sido lo más transgresor que he hecho hasta ahora. Lógicamente no todo ha sido de color de rosa, pero reconozco que he vivido experiencias que no había vivido hasta la fecha, hice cosas que nunca había hecho, aprendí y tuve nuevas sensaciones... He crecido, madurado, cambiado y evolucionado; todo sin abandonar mi esencia, mi persona. Me pongo un poco triste cuando pienso en las personas con las que he compartido tanto, aquellas a las que echo de menos cada día y que siguen el erasmus en Holanda hasta junio; me habría encantado estar con ellas, pero por motivos familiares, tuve que adelantar mi regreso. Por otro lado, sonrío cuando pienso en los que tengo aquí... Pienso en "Blanco"...


¡En fin! Dicen que en el libro de la vida, para abrir capítulos nuevos, tienes que cerrar otros... Yo cierro el capítulo Erasmus, pero empezaré otro nuevo. ¿Quién sabe si será mejor?

Este verano tengo proyectos, sueños e ilusiones que lucharé por cumplir. Quizás en la próxima entrada del blog hable de cómo ha cambiado mi vida, de qué cosas nuevas he descubierto, a qué persona he conocido... Dios dirá...

Pase lo que pase, siguiendo mi estilo propio: con positivismo y buscando el SER FELIZ.

jueves, 4 de febrero de 2010

Con los oídos "peta-zeta"


Hoy me he dado cuenta de que estoy viviendo en una ciudad de la que apenas conozco nada y eso, a la vez que parecerme muy triste, me ha hecho reflexionar. Llevo desde septiembre viviendo en Zwolle, viendo sus tiendas, recorriendo sus calles, disfrutando en sus bares... Pero no observo ni me empapo del encanto que tiene esta ciudad holandesa; ¡ni si quiera he apreciado su valor cultural e histórico!
Por lo cual, he vuelto a pensar que soy una desgraciada, porque seguramente lo que me está pasando con Zwolle, me haya pasado con Madrid, mi ciudad amada...

La cuestión es, que después de muchos días recluida en mi mini-loft de diez metros cuadrados, hoy he tenido el primer contacto con el mundo tras mi "aislamiento tóxico-vírico" (menuda gracia me hizo la fiebre, las anginas y sus derivados). Hoy sentí la luz del sol, bastante escasa en Holanda, en mi ojerosa cara. ¡Eso sí que es un placer!

Con la excusa de ir al "Super DeBoer" me enhebré a mi amiga Marina, y las dos en plan Señoras que quedan para ir a andar, comenzamos la tarde. La intención inicial se truncó al llegar a la puerta del supermercado; "¿Y si vamos a la tienda del final de la calle? Es que me han dicho que está al 50%". Y de la tienda, seguimos al bazar del A un euro, y del bazar a la de los sujetadores bonitos... En fin, que llegamos a una de las iglesias de Zwolle y como no había nada mejor que hacer, entramos. ¿Por qué llevo casi cinco meses en este lugar y nunca he tenido la decencia de entrar aquí? La pregunta era obvia, cuando descubrimos lo que guardaba la inmensa construcción. Cómo será de impresionante que hasta mi amiga, agnóstica hasta la médula, se haya planteado ir a alguna de sus celebraciones.

No siendo suficiente, continuamos el paseo hasta el casco antiguo. El canal que lo rodea, junto a las praderitas, las casas en las orillas, las barcazas convertidas en hogares... todo, te hace pensar que Zwolle es más bien un pueblito de cuento, que una ciudad para universitarios. Añadiendo el factor nieve, sólo queda decir que era idílico.

Llegamos hasta el centro porque en uno de sus estrechitos edificios, justo al lado de una tienda minimalista que nos tiene enamoradas, hay una cafetería con los mejores capuccinos de todo Zwolle. Esa cafetería es sencillamente un pedacito de cielo con conexión a Internet, muffins recién hechos y un ambiente acogedor que inspira a cualquiera. Es por eso por lo que nos gusta ir allí. Aparte, tiene un encanto especial que hace aflorar las conversaciones más sinceras, los sentimientos más profundos; pasan las horas que rellenamos de lágrimas, risas, bromas, confesiones... Es un desahogo entre magdalenas.

Cuando ya empezaba a anochecer, cerca de las seis de la tarde, emprendimos el camino de vuelta. No sabíamos por qué, pero se nos había quedado el alma limpia, muy buen cuerpo, teníamos ganas de hablar con todos aquellos a los que echábamos de menos. Estábamos muy contentas.

Pasamos nuevamente por la puerta del supermercado, por eso de no volver con las manos vacías, y llegamos a la residencia después de haber pasado cuatro horas maravillosas perdidas en Zwolle. Los oídos me hacían "peta-zeta", porque es cierto que aunque hubiera sol, hacía frío, y yo llevaba sin salir muchos días.
Ahora, aunque los oídos todavía me hagan esos extraños ruiditos al tragar, me sigo regodeando de mi placentera tarde soleada. Merece la pena un poco de "peta-zeta" por cosas así.