
Desde que soy becaria explotada por las mañanas y profesora obradora de milagros de tarde, apenas tengo tiempo para desayunar, comer o merendar en condiciones a lo largo del día. Esto quiere decir que, en un tiempo récord, tengo que llegar a casa, preparar sustento alimenticio (de bajo nivel debido a mi pésima calidad culinaria), sacar a los seres que más me quieren en el mundo al parque, comer, lavarme los dientes y correr para coger el autobús a tiempo y llegar a mi puesto de trabajo.
Siendo positiva, como yo suelo ser, esto es una gran ventaja para la lucha contra los kilos de más que en verano siempre aparecen en la báscula. Total, no teniendo tiempo ni de comer, como para emplearlo zampando helados... ¡En fin!
Pero tengo que reconocer que el estrés diario al que estoy sometida, tampoco es bueno... Llega el viernes, el tan anhelado fin de semana, y yo, como buena chica joven... Me quedo en casa para dormir o ver una serie de tv que me tiene enganchadísima. ¡Qué lástima de 21 años!
Por todo ello, me he pasado al club de los Termo-tupper. Sí, todos sabéis quiénes son. Esa parte de la población que viaja con víveres encima para todo el día, como antiguamente hicieran nuestros abuelos y padres para sus interminables viajes a la playa en coche. Esas personas que, además de los maletines, bolsos y mochilas; tienen una especie de fiambrera semirígida que se cuelga al hombro, de colores y estampados diversos, y con alimentos caseros que sustituirán al menú del día de Casa Pepe.
¡Bendito seas San Tupper! Tú, que mantienes los alimentos protegidos en la nevera. Tú, que permites que transporte comida en diferentes estados sin derramarse. Tú, que me ayudas a mantener la línea y a ahorrar dinero. Tú, que me recuerdas a qué sabe la comida casera de mamá.
Y el termo... ¿Qué decir del termo? Porque el café dejó de costar 80 céntimos hace muchos años...
Si cada mañana me ahorro el 1,2o que me cobra el del bar, hacen 6 euros a la semana, 24 al mes, ¡288 al año! Casi 300 euros que puedo gastarme en unas minivacaciones low-cost a cualquier sitio de Europa. Por otro lado, el sabor de mi café caserito, no tienen nada que envidiarle al sabor rancio que tienen muchos cafés de cafetería (y más desde que me compré la Nespresso y sus maravillosas cápsulas).
Por todo ello, me uní a ese selecto grupo. Desayuno en el metro, manzana en mano, termo en otra. Alterno pasando las páginas del libro de turno o escuchando música. Llego a la oficina, y si cuando salgo veo que no voy a llegar al otro trabajo, abro mi tupper e ingiero lo que haya dentro (previamente recalentado por el micro que tenemos en la ofi): tortilla, pasta, puré, pescadito, sándwiches, ensalada... La variedad es tan extensa como te permitan tus habilidades en la cocina.
Cuando salgo del segundo sitio y llego a casa, casi a las 9 y media de la noche, tengo tiempo de prepararme un buen tazón de yogurt natural mezclado con cereales de fibra, para favorecer mis visitas al baño. Una duchita de relax y a la cama, que mañana será otro día.
No tengo demasiado tiempo libre, pero seré la más esbelta, delgada y rica del cementerio cuando esta situación me lleve a la tumba.
vaya forma de pensar más dinámica :)
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