domingo, 20 de septiembre de 2009

Holandia


Es extraño, pero desde que llegué a Holanda, no me había quedado un sólo día sola en la habitación, y menos, un sábado por la noche, cuando todo el mundo sale a matar.
Estoy apática y algo triste, dos sensaciones que se me han repetido bastante este año, sobre todo desde que mi última relación se terminara. Es como el domingo por la tarde, la pila de ropa por planchar, el polvo de la estantería, la bombilla que hay que cambiar... Está ahí y tienes que hacerlo, pero no te apetece. 

Así estoy yo, sabiendo que tengo que cambiar bastantes cosas de mi vida. Tengo que levantar por fin la cabeza y empezar a recuperar mi sonrisa, sin dejar nunca que nada me perturbe. No quiero más preocupaciones ni quebraderos de cabeza absurdos. Me cansé de seguir a los demás, de complacer al mundo y procurar agradar siempre.

En realidad, desde que llegué, me siento independiente, libre, exenta de explicaciones... y me encanta. Eso de comprar lo que quiera, de cenar cuando me plazca, de tener mi conciencia e ir a clase (aún sabiendo, que no va a haber nadie que me pregunte por qué no acudí).

Vuelvo a las andadas, a quedarme en casa, a no quitarme el pijama, a esconderme
 detrás de la pantalla de mi ordenador. Vuelvo a huir del mundo con las películas on line, con las
 series de televisión, con revistas de moda, con mi i-Pod... y ahora, recurro a mi bicicleta para escapar, para desaparecer, para pensar...

En Holanda, los días de lluvia son muy habituales. Ese clima continental que tanto te llama a quedarte en casa. Las amistades acompañan. Es mejor plan quedarte a beber cerveza en tu habitación que salir al frío nocturno de este país. ¿Me estoy volviendo vaga?

Espero poder volver a lo que era antes: la chica simpática, siempre sonriente, enamoradiza y, lo que nunca he sido: correspondida.

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